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jueves, 6 de febrero de 2014

Los Dragones del Edén, de Carl Sagan. Un extracto sobre el aborto.



Hace unas semanas tuve el placer de leer Los Dragones del Edén, de Carl Sagan. No resultó ser uno de mis favoritos de este autor, quizás porque los temas tratados no son los que más me atraen, pero el libro es excelente. Por un lado, como todo lo que escribió Sagan, acerca al lector al mundo de la ciencia (en este caso, principalmente a la biología y la antropología) de una manera amena y fácilmente comprensible, aunque no por ello menos profunda. Por el otro, analiza la evolución de la inteligencia humana desde los primeros homínidos, haciendo especial hincapié en las funciones del neocórtex y describiendo en detalle muchos de los experimentos que llevaron al nivel de conocimiento disponible en la época por la que el libro fue escrito (1977). Este libro le valió a Carl Sagan el premio Pulitzer.

A continuación, reproduzco un extracto de uno de los últimos capítulos del libro, en el que Sagan se refiere al debate en torno del aborto en Estados Unidos (los links, obviamente, son míos):


"Un mejor conocimiento del cerebro puede influir también algún día en cuestiones sociales tan delicadas como son la definición de la muerte y la aceptabilidad del aborto. […]

Ideas similares podrían ayudar a resolver el apasionado debate sobre el aborto surgido en los Estados Unidos mediado el actual decenio, una controversia en extremo vehemente caracterizada por el rechazo rotundo de los puntos de vista de la otra parte. Por un lado están los que sostienen el derecho innato de la mujer al «control de su propio cuerpo», lo cual incluye, según los que defienden esta tesis, el poder provocar la muerte del feto en base a diversos motivos, entre los que destacan la aversión psicológica a engendrar un hijo y la falta de medios para educarlo. En el otro extremo están los que defienden la idea del «derecho a la vida», la aserción de que la muerte de un simple cigoto, de un óvulo fertilizado antes de la primera etapa embrionaria, equivale a un asesinato, por cuanto el cigoto lleva en sí la capacidad de dar vida a un ser humano. Soy perfectamente consciente de que en un tema en el que concurren sentimientos tan apasionados toda solución que se proponga no satisfará a ninguna de las dos partes, y en ocasiones el corazón y la mente nos llevan a diferentes conclusiones. Sin embargo, retomando algunas ideas avanzadas en capítulos anteriores de este libro, quisiera ofrecer aunque sólo fuera una tentativa de compromiso razonable.

Es indiscutible que legalizando el aborto se evita el drama y la carnicería a que conduce muchas veces el aborto clandestino realizado por manos incompetentes, y que en una civilización cuya supervivencia se ve amenazada por el espectro de un crecimiento demográfico sin control alguno, el aborto médico puede redundar en beneficio de la sociedad. Por otro lado, el infanticidio a secas resuelve de golpe ambos problemas y de hecho se ha empleado de manera generalizada en el seno de numerosas comunidades humanas, entre ellas determinados sectores sociales de la antigua Grecia, país que suele considerarse como la cuna de nuestra cultura. En la actualidad sigue practicándose en gran medida; en muchas partes del mundo uno de cada cuatro recién nacidos no vive más allá de un año. Sin embargo, y con arreglo a las leyes que rigen en la sociedad occidental, no cabe la menor duda de que el infanticidio constituye un asesinato. Teniendo en cuenta que un sietemesino, es decir, un niño nacido prematuramente en el séptimo mes del embarazo, no se diferencia en nada fundamental del feto que lleva siete meses en el útero, me parece lógico concluir que el aborto, por lo menos en los últimos tres meses, ronda el asesinato. Las objeciones de que el feto durante el tercer trimestre todavía no respira me parecen un tanto equívocas, y, así, cabría preguntarse si es permisible cometer infanticidio inmediatamente después de que la criatura haya nacido, cuando todavía no se ha cortado el cordón umbilical ni el niño ha aspirado la primera bocanada de aire. En una línea discursiva similar, si yo no estoy psicológicamente preparado para convivir con un extraño, por ejemplo, en un cuartel o en una residencia universitaria, no por ello tengo derecho a darle muerte, y, de la misma manera, la irritación que pueda producirme el destino que se da al dinero que pago en concepto de impuestos no debe llevarme al extremo de exterminar a los recipendiarios de los mismos. Con frecuencia suele entremezclarse en estos debates la cuestión de las libertades civiles. ¿Por qué se me han de imponer las convicciones de otros sobre esta cuestión?, se preguntan algunos. Con todo, aquellos que personalmente no suscriben el concepto convencional de asesinato, se ven constreñidos por la sociedad a someterse a lo dispuesto en el código penal.

En el polo opuesto de la discusión, la frase «derecho a la vida» constituye un ejemplo claro de expresión altisonante concebida para impresionar más que para aclarar las cosas. Ni hoy ni nunca ha existido en ningún país de la Tierra el derecho a la vida (tal vez haya alguna excepción, como los Jainas de la India). Criamos animales domésticos para luego darles muerte, destruimos los bosques, contaminamos ríos y lagos hasta causar la muerte de toda la fauna piscícola, cazamos venados por deporte, leopardos por la piel y ballenas para preparar comida para los perros, atrapamos a los delfines, boqueantes y semiasfixiados, con grandes redes del tipo utilizado para la pesca del atún, y sentenciamos a muerte a los perros cachorros para «equilibrar la población». Todos estos animales y vegetales están tan vivos como nosotros. Lo que muchas sociedades humanas protegen no es la vida, sino la vida del hombre, y aun así desencadenamos guerras con medios «modernos» que causan estragos en la población civil y que suponen un tributo tan escandaloso que muchos de nosotros ni siquiera nos atrevemos a entrar en su consideración. A menudo se intenta justificar este genocidio acudiendo a una redefinición racista o nacionalista de nuestros oponentes que no les reconoce siquiera la condición de hombres.

Debo decir, también, que el argumento acerca de la capacidad del cigoto para dar vida a un ser humano me parece sumamente endeble. En circunstancias propias cualquier óvulo o esperma tiene este mismo potencial. Con todo, ni la masturbación ni las poluciones nocturnas del varón suelen conceptuarse como actos antinaturales merecedores de una condena por asesinato. Una sola eyaculación contiene suficiente número de espermatozoos para generar centenares de millones de seres humanos. Por si esto fuera poco, es posible que en un futuro no muy lejano podamos dar vida a un ser humano a partir de una simple célula tomada prácticamente de cualquier parte del cuerpo del donante. Si ello es así, cualquier célula del organismo debidamente preservada hasta el momento en que la gestación extracorpórea se lleva a la práctica con garantías puede llegar a convertirse en un ser vivo. Por lo demás, ¿cometo un genocidio si me pincho un dedo y vierto una gota de sangre? Como puede observarse, se trata de cuestiones muy complejas. Asimismo, me parece evidente que la solución debe entrañar un compromiso entre un número de valores muy preciados pero antagónicos. La cuestión clave del dilema radica en poder determinar en qué momento el feto puede considerarse un ser humano, dilema que a su vez depende de lo que se entienda por humano. Desde luego, no el hecho de tener una configuración humana, porque una masa de material orgánico que se asemejara a un hombre pero que fuera elaborada con tal fin no podría considerarse propiamente humana. Asimismo, un hipotético ser extraterrestre dotado de inteligencia que no se asemejara a nosotros pero que poseyera unas cualidades éticas, intelectuales y artísticas superiores a las del hombre debería entrar en nuestro cuadro de prohibiciones contra el asesinato. Lo que acredita nuestra condición humana no es lo que parecemos, sino lo que somos. La razón por la que prohibimos dar muerte a otro ser humano debe sustentarse en alguna cualidad peculiar del hombre, cualidad a la que conferimos especial valor y que pocos o ningún otro organismo de la Tierra posee. Es indudable que la humanidad de un ser no viene determinada por el hecho de que sea capaz de sentir dolor o emociones intensas, ya que entonces deberíamos extender este criterio a los animales a los que damos muerte gratuitamente.

Creo que la cualidad humana básica no puede ser otra que nuestra inteligencia. Si lo consideramos así, la inapelable inviolabilidad de la vida humana puede identificarse con la evolución y la presencia del neocórtex. No podemos exigir que se trate de una evolución plena porque ésta no se produce hasta muchos años después del nacimiento, pero tal vez podríamos determinar que el tránsito a la fase humana acaece en el momento en que se inicia la actividad neocortical tal como viene registrada por la electroencefalografía del feto. La observación de algunas funciones biológicas muy simples nos ofrece indicativos del momento en que el cerebro cobra un carácter específicamente humano. Hasta la fecha [1977] se ha investigado muy poco dicha cuestión, y estoy convencido de que los estudios en este terreno desempeñarían un papel determinante en la consecución de un compromiso aceptable que zanjara los debates sobre el aborto. Indudablemente, habría diferencias  de un feto a otro en cuanto al momento de iniciación de las primeras señales electroencefalográficas del neocórtex, y todo intento de formular una definición legal del momento en que comienza la vida propiamente humana debería adoptar una pauta de prudencia, es decir, a favor del feto menos desarrollado capaz de exhibir tal actividad. Tal vez el momento de transición habría que fijarlo hacia el término del primer trimestre o próximo al inicio del segundo trimestre del embarazo. (Estamos hablando aquí de lo que, en una sociedad de seres racionales, debiera estar prohibido por la ley. O sea, que todo aquel que piense que el aborto de un feto menos desarrollado que el propuesto como base constituye un asesinato, no tiene por qué verse obligado a llevar a cabo ni aceptar el aborto en cuestión.)

[…] creo que la clave última de la solución a la controversia sobre el aborto debe dárnosla la investigación de la actividad neocortical del feto."

lunes, 29 de julio de 2013

No es una protesta, es vandalismo.

Algunos de los destrozos causados
Lo de la semana pasada en Santiago fue vergonzoso y deplorable. Resumiendo, en Chile el aborto sigue estando prohibido en cualquier caso, incluso si se trata de una niña de ¡11 años! que fue violada por su padrastro, gracias a una ley de la dictadura de Pinochet que ya tiene más de 24 años y que ningún gobierno ha logrado (o querido) cambiar.
 
Soy el primero en entender que esto es atroz, que no puede ni debe seguir siendo así, y las voces de los mal llamados pro-vida me llenan de indignación, al igual que leer la noticia (y los comentarios) en los sitios de noticias católicos. Pero las posturas se defienden con argumentos, no con agresiones y mucho menos con violencia, que por otro lado sólo logra que los socios del club del libro único se sigan victimizando y usando justificaciones falaces para negar a las mujeres el derecho a decidir. Ahora pueden decir "¿Ven? Los abortistas y los ateos son unos violentos, unos inadaptados."

Las leyes antiaborto no pueden ser excusa para que un grupo de gente a entre a una Catedral (o a donde sea) y se ponga a gritar obscenidades y hacer todo tipo de destrozos. Quienes se encontraban allí en ese momento no tenían porqué ser testigos de semejante barbarie. Es esperable que hayan temido por su seguridad y estarían en todo su derecho, al igual que el resto de la comunidad católica y los ciudadanos chilenos, de sentirse indignados.

Por otro lado, ir a pedirle a la Iglesia que deje de meterse en la vida de los demás o que cambie su postura frente al aborto es pedirle peras al olmo. Es inútil. En todo caso, el lugar correcto para las protestas -pacíficas- sería frente al Ministerio de Salud, el Congreso Nacional o la Corte de Justicia. Y el reclamo debe ser claro y conciso: la separación total del Estado y la religión.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Más falacias contra el aborto


Hoy me encontré con la siguiente imagen, acompañada por el texto de más abajo, aparentemente escrito por un docente en su muro de Facebook:

* SÍ A LA VIDA - EL CRIMEN ABOMINABLE DEL ABORTO MERECE FIRME RECHAZO
A modo de un razonamiento silogístico aristotélico, con sus dos premisas verdaderas, que hacen necesaria una conclusión válida, digo:
* La vida del ser humano inocente es inviolable.
* La criatura que habita el vientre materno es una persona inocente.
* Por tanto, en conclusión: la vida del concebido es inviolable.

Un RAZONAMIENTO TAN FUNDAMENTAL COMO LA VIDA MISMA.
En defensa de los más inocentes e indefensos que son los niños que habitan el vientre materno
NO al CRIMEN ABOMINABLE DEL ABORTO ni por píldoras ni por la mano de un médico VERDUGO…
Lo único correcto del texto es que el silogismo es una forma de razonamiento deductivo que consta de dos proposiciones como premisas y otra como conclusión y que fue formulado por primera vez por Aristóteles. Lo demás, son las mismas falacias de siempre.

Para empezar, la imagen en sí misma constituye una falacia. Ese feto debe tener más de 5 meses de gestación y nadie propone legalizar el aborto en una etapa tan avanzada del embarazo. En cuanto al razonamiento del autor:
  • La vida del ser humano inocente es inviolable. - Estamos de acuerdo, pero antes de las 12 semanas aproximadamente (digamos 10, si quieren tener mayor margen de seguridad) no hay un ser humano (una persona), sino un embrión, que aún no siente -ni mucho menos piensa- porque su cerebro no está desarrollado, así que no puede ser considerado como una persona y difícilmente se pueda sostener que tenga vida propia.
  • La criatura que habita el vientre materno es una persona inocente. - No, no es una persona (ver punto anterior) y es otra falacia decir que es inocente. Alguien que no nació no tiene forma alguna de ser culpable de nada, y si no se puede ser culpable, tampoco se puede ser inocente.
  • Por tanto, en conclusión: la vida del concebido es inviolable. - Una conclusión que parte de dos argumentos falaces -no hay persona y no hay inocencia- no puede ser válida.

jueves, 15 de noviembre de 2012

¿Pro vida o pro muerte?

Savita Halappanavar
Savita Halappanavar, de 31 años de edad, ingresó a un hospital de Irlanda con un embarazo de 17 semanas y fuertes dolores. Después de que les informaron que estaban perdiendo el bebé, ella y su esposo solicitaron el aborto, que les fue negado "porque Irlanda es un país católico". Les dijeron que mientras hubiera latido fetal no podrían realizarle el procedimiento. Los dolores continuaron durante tres días, pero el hospital siguió negándose. Finalmente, el corazón del feto dejó de latir y los médicos lo retiraron del cuerpo de Savita, aunque ya era tarde, ya que poco después falleció de septicemia. Ella y su esposo no eran irlandeses ni católicos, sino hinduistas. 

¿Hace falta explicar una vez más porqué es tan importante que la religión y el Estado estén separados?

lunes, 5 de noviembre de 2012

Fetos y muñecos de goma

Hace ya un año desde que se trató por primera y única vez el tema del aborto en el Senado argentino. Si bien se dio un paso importante al aprobarse un proyecto que autoriza el procedimiento hasta las doce semanas de gestación, esto era sólo para ciertos casos y, desde entonces, no news. Mientras tanto, hubo sucesos resonantes que mostraron que, aunque las leyes estén, falta mucho para que sean respetadas. Hubo médicos que demoraron la intervención para pedir autorización judicial, algo totalmente innecesario. En algunas ciudades, como Rosario, casi todos los médicos se declararon objetores de conciencia. Más de una nena embarazada y su familia que fueron hostigados por asociaciones "pro-vida" hasta que decidieron no abortar. Hace pocos días, una mujer que había sido secuestrada por una red de trata de personas y obligada a prostituirse había obtenido la autorización para que se le realice el aborto, pero Mauricio Macri, Jefe de Gobierno de Buenos Aires, vetó esa ley, impidiendo que el mismo sea realizado. Sólo algunos ejemplos.

El 2 de noviembre, con motivo de este aniversario, ONGs y asociaciones que están a favor de los derechos de la mujer realizaron una marcha reclamando que el tema vuelva a estar sobre la mesa. Como ya hicieron otras veces, pasaron frente a la Catedral de Buenos Aires a pedir que la Iglesia Católica deje de intervenir. Pero se encontraron con que había una especie de contramarcha organizada por los grupos antiabortistas que los estaba esperando. Y el encuentro no fue precisamente ameno. Si recordamos lo que sucedió en Misiones, con las agresiones perpetradas por participantes del 27º Encuentro Nacional de Mujeres (y que sólo sirvió para que la Iglesia y los antiabortistas sigan asumiendo el papel de víctima), vemos que cualquier tipo de entendimiento parece estar cada vez más lejos. ¿Porqué pasan estas cosas? 

Si bien para muchos es un tema difícil de tratar, el debate podría ser -y muchas veces lo es- sumamente interesante. Podría abarcar cuestiones filosóficas, biológicas, médicas e incluso morales. Hay material de sobra para llevarlo por ese camino. Sin embargo, es frecuente encontramos con discusiones inútiles centradas en posturas dogmáticas, casi siempre de origen religioso, y argumentos falaces. En Argentina, al menos, la mayor parte de la desinformación y campañas sensacionalistas respecto del aborto provienen de la Iglesia Católica, aunque según Alerta Religión, "los evangélicos están haciendo esfuerzos por ponerse a la par, y con más éxito". Mientras que a unos sólo les importa que haya la mayor cantidad posible de nacimientos y, obviamente, bautismos, los otros son unos fanáticos para quienes hasta los católicos son pecadores idólatras que irán al Infierno. En todos los casos, se trata de religiones machistas y hasta misóginas, en las que cualquier cosa que le dé poder a las mujeres es motivo de rechazo. ¿Hasta cuándo van a seguir inmiscuyéndose las religiones en la política, la salud, la educación, la sexualidad y los derechos de las personas? Como muestra de la irracionalidad de algunos de sus seguidores, una mujer decía a un medio: “Nosotros no somos de ninguna organización. Ellos sí, son sacrílegos. Vinimos a proteger a la Catedral de las pintadas que pudieran hacerles estos enviados del demonio.” No son de ninguna organización, pero defienden a la Iglesia, que es una organización. Y consideran que quienes defienden a las mujeres son sacrílegos y enviados de algún demonio. ¿Cómo se puede hablar con alguien que piensa eso?

Hace rato he notado que no tiene mucho sentido discutir con los antiabortistas sobre los posibles motivos que llevarían a una mujer a querer abortar. Si bien algunos son un poco más racionales y hay ciertos casos que los sensibilizan, sólo aceptan la posibilidad de admitir el aborto a regañadientes y son los menos. La gran mayoría son capaces -y ya lo han hecho infinidad de veces- de obligar a pasar por el trauma del embarazo y el parto a niñas de tan corta edad como 10 años (incluso si fueron violadas), a chicas y mujeres secuestradas y forzadas a prostituirse, a mujeres cuya vida corría riesgo en caso de seguir con el embarazo, a mujeres mentalmente discapacitadas, etc. Nada les hace cambiar de idea y dejar de meterse en la vida de quienes están vivos en pretendido beneficio de los que aún no lo están. Quizás no se den cuenta de lo inmoral de sus propias acciones, mientras tildan de inmorales a quienes sostenemos que un embrión no es lo mismo que una persona.

Esas acciones han llegado desde protestas y manifestaciones, persecución y criminalización de las mujeres y acoso a sus familias, amenazas de demandas y juicios contra los profesionales y las instituciones que, obedeciendo la ley, practiquen los abortos, hasta la detonación de bombas en clínicas que los practican. (Es extraño que no sea frecuente, al mismo tiempo, el escrache y la denuncia a los abortistas ilegales.) A ese tipo de personas, los "pro-vida" militantes, no les importa la vida, como afirman. Sólo están en contra del aborto. Aunque no vayan a poner bombas, muchos suelen sentirse reconfortados al enterarse de que una mujer murió luego de practicarse un aborto clandestino. Les parece justo. "Se lo merecía", dicen. "Anduvo de joda y después no se bancó las consecuencias." "Ellas matan bebés indefensos, así que por mí que se mueran." Esas son algunas de las frases de quienes dicen defender la vida. Contradicciones, que le dicen.

Hablando de ese tipo de campañas gráficas, hace un tiempo colaboré con el blog Alerta Religión escribiendo sobre la famosa fotografía "La mano de la esperanza", usada infinidad de veces por los antiabortistas. Lean ese artículo y después vuelvan acá. No, en serio, léanlo. ¿Ya está? Bueno, sigamos.

En aquel caso, se trataba de una fotografía verídica, pero las circunstancias en que se tomó fueron targiversadas y se le dio un significado inventado, apelando a la empatía o el instinto protector que uno siente hacia un bebé. Otras campañas en ese mismo sentido muestran madres con panzas enormes, como si los abortos se realizaran en etapas tan avanzadas del embarazo o radiografías simuladas de bebés saludando al papá desde la panza, como si tuvieran visión de rayos X, además de poder reconocer al supuesto papá y saber saludarlo. La cuestión es que no estamos hablando de bebés sino de embriones. También hemos visto fotografías de pequeños muñecos de goma que parecen bebés, con algún mensaje que pretende hacernos creer que se trata de fetos abortados. En otros blogs he llegado a ver dibujitos de fetos con viñetas con frases como "¿Y si digo que soy maricón? Seguro respetan mis derechos y no me matan." Tanta ignorancia asusta.

Otra estrategia es asquear al lector, usando imágenes horrendas de bebés muertos, fetos sangrientos tirados en algún lugar o pedacitos de embriones destrozados y diciendo "¿Vieron? Eso es un aborto." Quizás algunos sean falsos y otros no, pero esa no es la cuestión. No importa cuán asquerosas sean las imágenes, estas tácticas engañosas no sirven para llegar al fondo del debate sobre los derechos de las mujeres ni para solucionar el problema de la falta de educación sexual y de políticas claras y efectivas contra las muertes causadas por los abortos clandestinos, sino para imprimir conceptos erróneos unidos a imágenes espantosas en la mente de las personas y llevar a la opinión pública a estar en contra del aborto a como dé lugar, aunque sea por motivos erróneos.

Se supone que es un feto de 12 semanas, pero sólo es un modelo de goma, que se vende por cantidad en internet

lunes, 14 de mayo de 2012

Algunas reflexiones sobre el aborto


Como esta es la primera vez que escribo sobre el tema, quería aclarar mi posición en cuanto al aborto: creo que se debe respetar el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, sin que nadie les diga lo que deben hacer o no. Después, si queremos disminuir al mínimo los embarazos no deseados (y, de paso, las enfermedades de transmisión sexual), la solución no es que éstos sean ilegales, sino que debería ser prioritario que de una vez por todas haya en todas las escuelas del país -y del mundo- una educación sexual seria, completa y responsable, libre de mitos, culpas y dogmas religiosos. Además, los métodos anticonceptivos deben estar disponibles y accesibles para todas las personas, y la sexualidad y la anticoncepción deben dejar de ser temas tabú, como lo son hoy para tanta gente.

No comparto las distintas posiciones antiabortistas que he visto hasta ahora: no creo que un embrión de unas pocas semanas sea una persona, no creo que tenga derechos, ni que haya que defenderlo de nada por el hecho de que no tenga la culpa de nada (esto puede parecer una obviedad, pero la inocencia de los embriones es un argumento muy usado en contra del aborto). Es decir, no comparto en absoluto que interrumpir un embarazo sea un asesinato. Mucho menos estoy de acuerdo con la muy habitual propuesta de que, ante un embarazo no deseado, se obligue a las madres a completar el embarazo, tener a sus hijos y luego regalarlos.

Ahora, claramente no es lo mismo realizar un aborto en un embarazo de 4 semanas que en uno de 30, así que, sí, debe haber un límite. Pero éste debe ser decidido por médicos y especialistas en el tema, no por filósofos, religiosos ni políticos. Hoy se habla de limitar la posibilidad de abortar hasta las 12 semanas. Esto, claro, a menos que en una etapa más avanzada, los médicos consideren necesario interrumpir el embarazo por algún riesgo para la salud de la madre o algún otro motivo. Sin embargo, es frecuente encontrarse con intentos de sumar gente a la causa antiabortista por medio de publicidades engañosas, como imágenes de madres con grandes panzas, obviamente en estados avanzados de gestación, o de bebés recién paridos y un cartel con alguna frase del estilo de "no me mates".

También se suele discutir mucho sobre las causas ante las cuales cada uno estaría de acuerdo o no con que se realicen los abortos. Personalmente, no creo que los motivos sean asunto de nadie más que la mujer embarazada y, a lo sumo, el padre. Seguramente hay razones con las que estaríamos de acuerdo y otras con las que no, pero eso no es suficiente para decirle a nadie lo que debe o no hacer. Por ejemplo, uno pensaría que pocas personas estarían en contra de que una chica de tan solo 11 años -para colmo violada por un familiar- aborte lo antes posible. Sin embargo, hay gente que lo está, incluso en casos tan aberrantes como este.

Una de las teorías dominantes entre los antiabortistas es que, de legalizarse el aborto, hombres y mujeres dejarían totalmente de lado todos los métodos anticonceptivos, con la tranquilidad de que, ante un embarazo no buscado, podrán deshacerse del indeseado producto sin mayores problemas. De ninguna manera comparto esta visión. Simplemente no creo que nadie desee abortar así porque sí, ni se sienta feliz al hacerlo.