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viernes, 25 de abril de 2014

Un virus del lenguaje




Detective Marty Hart -No todo el mundo quiere sentarse solo en una habitación vacía dándole a manuales de homicidios. Algunas personas disfrutan de la comunidad, del bien común.
Detective Rust Cohle -¿Sí? Bueno, si el bien común tiene que inventar cuentos de hadas, entonces no le hace bien a nadie.
Hart -Digo, ¿te imaginás lo que pasaría si la gente no creyera? ¿Las cosas que harían?
Cohle -Exactamente las mismas que hacen ahora, solo que al descubierto.
Hart -¡Pavadas! Sería un puto show de asesinatos y depravación, y lo sabés.
Cohle -Si lo único que mantiene a una persona decente es la expectativa de una recompensa divina, entonces, hermano, esa persona es un pedazo de mierda, y me gustaría exponer a tantos de ellos como sea posible.
Hart -Supongo que tu razonamiento es infalible, pedazo de sabelotodo. ¿Te creés que ese cuaderno tuyo es una tabla de piedra?
Cohle -¿Qué dice de la vida, Marty, que la gente tenga que reunirse, contarse historias que violan todas las leyes del universo, sólo para pasar el maldito día? ¿Qué dice eso de tu realidad, Marty?
…
Cohle -Transferencia de miedo y auto desprecio a un recipiente autoritario. Es catarsis. Él [el predicador] absorbe su temor [de su audiencia] con su narrativa. Por eso, él es efectivo en proporción a la certidumbre que pueda proyectar. Ciertos antropólogos lingüistas opinan que la religión es un virus del lenguaje, que reescribe conexiones en el cerebro y adormece el pensamiento crítico.
True Detective, tercer episodio,
"La habitación cerrada"

martes, 18 de febrero de 2014

El símbolo del pez


Cristo Pescador de Diamante
Tiempo atrás me preguntaba por qué el cristianismo es habitualmente identificado con el símbolo de un pez. Primero recordé haber visto en Diamante, una localidad de la provincia de Entre Ríos ubicada sobre la orilla del río Paraná, una estatua de 12 metros de altura de un “Cristo Pescador”. Claro que según la Biblia Jesús no era pescador, sino carpintero. La única frase bíblica que podría dar lugar a esa interpretación, hasta donde sé, se encuentra en Marcos, donde Jesús dice “Síganme, yo los haré pescadores de hombres.” Pero la misma se refiere a evangelizar gente, no a pescar literalmente (y menos hombres). Seguramente, si Diamente fuera una ciudad de herreros, la estatua mostraría a Jesús martillando sobre un yunque.

En realidad, la respuesta no tiene nada que ver con los peces ni con la pesca, si no con las iniciales de la palabra pez en griego: ichthys (ΙΧΘΥΣ). Si desglosamos el acrónimo, encontramos lo siguiente:

I: la letra griega iota es la inicial del nombre Iesous, que proviene del hebreo Yeshua, traducido al español como Jesús.
Ch: la letra ji es la primera en Christos, palabra griega para decir ungido, traducción a su vez del hebreo mashiah, que en español es mesías. (La traducción del griego directamente al español es cristo. Por lo tanto, cristo y mesías son sinónimos que significan ungido.)
Th: la letra theta es la primera de Theou, palabra griega para decir de dios.
Y: la ípsilon es la primera letra de (h)yios, palabra griega para decir hijo.
S: sigma es la primera letra de sōtēr, palabra griega que significa salvador.

El resultado: “Jesús Cristo, hijo de Dios, salvador”.

En tiempos del Imperio Romano, durante casi todo el período comprendido entre el surgimiento del cristianismo como secta derivada del judaísmo y el momento en que Constantino la impone como la nueva religión oficial del Imperio, los cristianos eran tan perseguidos como los adoradores de cualquier otra religión que no fuera la romana (que hasta entonces era la religión oficial). Todos los dioses de la Historia han sido celosos y Júpiter, Marte y Neptuno no lo eran menos. Y sus ridículos celos, como sucedía entonces y sigue sucediendo hoy, demandaban la sangre de los infieles. Así que judíos, cristianos, mitraicos y demás ofensores eran perseguidos y con frecuencia asesinados si se negaban a adoptar la religión oficial.

Cada religión o secta debió buscar formas de adaptarse a esta situación para poder sobrevivir. Las personas que no querían abandonar sus creencias se veían forzadas a aparentar en público adorar a los dioses romanos, pero se reunían en secreto -y corriendo un gran riesgo- a estudiar su religión y practicar sus rituales propios. Para no ser descubiertos usaban palabras secretas o marcaban los lugares en los que era seguro reunirse con algún símbolo que sólo ellos conocieran. Uno de estos símbolos era el ichthys, el dibujo esquemático de un pez, que indicaba un lugar seguro para los cristianos.

Hoy en día el pez ya no se usa para marcar lugares secretos de reunión, sino que es común verlo en todo tipo de merchandising o pegado en la parte trasera de los automóviles, ya sea como uno más de los símbolos con que los cristianos se identifican a sí mismos, o como uno más de los muchos talismanes que la gente usa porque creen que los van a proteger o traerles buena fortuna.

En la actualidad, además, el símbolo del ichthys representa el bando del Creacionismo en su lucha constante contra la Teoría de la Evolución, representada a su vez por un pez con patas. Así como el original a veces es dibujado llevando el nombre Jesús en su interior, en su opuesto se suele escribir Darwin. El pastafarismo, una religión paródica creada por un movimiento que se opone a la enseñanza del Creacionismo (o teoría del Diseño Inteligente) en las escuelas públicas, también hizo su adaptación al símbolo original del ichthys.
El ichthys según el cristianismo, el darwinismo y el pastafarismo

martes, 17 de diciembre de 2013

Una cuestión de honestidad individual

Recientemente tuve la oportunidad de leer un poco más sobre el origen de las principales religiones actuales(*), e inevitablemente me vuelvo a preguntar: ¿por qué en el año 2013, casi 14, tantas personas aún siguen creyendo en las religiones? ¿Por qué siguen creyendo que tienen dragones invisibles en los garages? Obviamente, las respuestas son en realidad muchas y abarcan más aspectos de los que puedo llegar a -y soy capaz de- analizar aquí. Pero, al menos para empezar, quise escribir algo sobre cómo las religiones se transmiten a lo largo de los siglos. Esto es, claro, de padres a hijos y de los clérigos a sus fieles.

Carl Sagan afirmaba que el creyente no basa sus creencias en la evidencia, sino "en una enraizada necesidad de creer" y que, por lo tanto, cualquier debate utilizando la lógica será imposible. Obviamente, como Sagan mismo hizo notar en más de una oportunidad, esto va directamente en contra del progreso, ya que, por ejemplo, tenemos políticos basando sus decisiones en mitos fantásticos en lugar de pedir asesoramiento a científicos competentes (en EEUU, uno de los países más importantes del mundo, autoproclamarse ateo equivale a perder toda oportunidad de acceder a un cargo público).

Daniel Dennett va un poco más allá y en una charla de 2006, reflexiona sobre el origen natural de las religiones y cómo éstas han sido, al pasar los siglos y milenios, "rediseñadas" por el hombre. El origen y evolución de la mayoría de las religiones no encierra en general grandes misterios y es conocido por científicos e historiadores hace ya bastante tiempo -en realidad sí queda, obviamente, muchísimo por estudiar, y es un campo fascinante-, pero aceptar esto parece ser un desafío imposible para muchos creyentes.

No deja de sorprender que a veces el creyente ni siquiera sabe bien en qué cree, es decir, no conoce todos los pormenores de su propia religión, e incluso a muchos de ellos eso no parece importarles. La cuestión es creer en algo, porque esto les hace falta para sentirse completos, para sentir que la vida tiene sentido. (Sería lo esperable que una persona conociera en todo detalle una creencia que en gran medida le va a condicionar varios -si no muchos o todos- aspectos de su vida, pero ese no parece ser siempre el caso.) Pero, si hay detalles que la gente desconoce de la propia religión, su desconocimiento de las demás religiones es, casi como regla general, nulo. ¿Por qué? Eso nos lleva al próximo punto: la forma en que las religiones se transmiten.

Como es sabido -y, salvo pocas excepciones, así ha sido siempre a lo largo de la Historia-, la enorme mayoría de la gente transmite sus creencias a sus hijos, ya sea directamente en el hogar o indirectamente al enviarlos a colegios o instituciones religiosas donde se les impartirá esa creencia particular en forma de clases. Pocas personas creyentes (creyentes de verdad, no sólo de nombre) escapan a esta regla. La crueldad -valga el término, a pesar de que generalmente esto es algo que los padres hacen con todo su amor y en la plena confianza de que es lo mejor para sus hijos, cuando no simplemente por defecto- del caso reside en que la mente de un niño carece de la formación necesaria para analizar críticamente lo que se la está enseñando y lo toma como cierto sin cuestionamientos, por absurdo que sea. Además, las demás religiones no se enseñan. Sólo una, que se imparte como la verdad única, absoluta, incuestionable, inalterable.

Una vez alcanzada la edad adulta, son relativamente pocos los que reniegan de su fe -la de sus padres- por varios motivos. Primero, porque, como dijimos, les fue enseñada a muy temprana edad y ya forma parte de sus vidas. Es casi imposible para los creyentes concebir un mundo en el que su fe sea falsa. Sería un mundo vacío y, aparentemente, carente de sentido o significado. Segundo, porque cuestionar o cuestionarse su fe equivaldría a desafiar las enseñanzas de las personas que uno más ama e idolatra cuando es chico: los padres (y en muchos casos podríamos agregar también a los primeros maestros). Sería, además de desafiarlos, hacerlos quedar como tontos por haber creído ellos mismos algo falso. (Ambas ideas son, por supuesto, equivocadas: por un lado, si no hubiéramos cuestionado nada, seguiríamos en las cavernas temiendo al fuego; por el otro, nuestros padres son humanos y pueden equivocarse o ser engañados. Baste recordar que hasta no hace mucho, desde el punto de vista histórico, los padres transmitían a sus hijos la certeza de que la Tierra era plana y descansaba sobre el lomo de elefantes gigantes. Esto era la verdad, y no podía ser cuestionada. Hasta que lo fue.)

Las religiones -a través de sus clérigos, ansiosos por permanecer en una posición de comodidad y muchas veces de poder-, con el tiempo, han convencido hábilmente a gran parte de la humanidad de que transmitir sus doctrinas de padres a hijos es por el bien de éstos, de que es salvar sus almas inmorales y asegurar su bienestar en una vida posterior que es eterna y por ende mucho más importante que esta, y de que la alternativa es el sufrimiento infinito y también eterno. Además, según suelen afirmar, otorgan un marco de ética y moral al individuo, que no existiría sin la religión. Estas nociones, con diversas formas y características particulares, surgieron en un momento u otro en la mayoría de las religiones. Y son falsas.

Lo primero que debemos hacer como sociedad, si no como individuos, es perder ese miedo a los castigos divinos y dejar de inculcar religiones a los niños. Otra opción podría ser, como propone Dennett, enseñarlas todas, comparando sus historias y sus características. ¿Qué podría tener de malo enseñar en las escuelas todas las religiones y que luego cada uno decida libremente si cree en alguna de ellas o en ninguna? Por un lado, los padres se verían en muchos casos forzados a aceptar que sus hijos pueden decidir su religión por sí mismos y que su decisión puede no gustarles. Por el otro, los sacerdotes deberían empezar a aceptar que no son imprescindibles. Que la gente puede decidir libremente que no los necesita.

Cuestionarnos aquello que creemos -aquello que se nos ha enseñado a creer sin dejarnos libertad de elección- requiere valentía, pero es una cuestión de honestidad para con nosotros mismos.

(*)Sobre el origen y evolución de las principales religiones, actuales y pasadas, y si bien debe haber autores más eruditos, recomiendo para el lector principiante y para todo amante de la Historia la serie de libros de Isaac Asimov llamada Historia Universal Asimov.

martes, 3 de diciembre de 2013

Sacerdotes entrometidos

Si sos creyente, seguramente te resultará difícil de entender que la intromisión de los sacerdotes -generalmente católicos; no sé si alguna otra religión lo hace- en los hospitales sea algo tan indignante para un ateo y porqué este señor polaco tiene todo el derecho de demandar al hospital, así que pongamos un ejemplo:
 
Imaginate que tenés un familiar o amigo internado en estado grave (sí, es un ejemplo feo, así que supongamos que después al final zafa y todos felices) y que los médicos te dan la noticia de que está inconsciente y es muy probable que le quede poco tiempo. Como esa persona es católica o cristiana, salís a buscar a un cura conocido de la familia para que le administre el sacramento de la extremaunción, o sacramento de la unción de los enfermos. Pero resulta que un rato después, cuando volvés, te encontrás con que otra persona entró sin ningún permiso a la habitación del enfermo y, también sin ninguna autorización, realizó el ritual por su propia cuenta. ¿Eso te indignaría? ¿Te escandalizaría? Lo más probable es que un poco, pero no mucho. No es el mejor momento para ponerse a discutir. Es una situación ya de por sí difícil y, al fin y al cabo, un cura es un cura y el rito es el mismo.

Pero ahora imaginate que el religioso que entró sin permiso y le puso las manos encima a tu allegado no es de tu religión, sino de otra que no tiene nada que ver con vos ni con el moribundo. Dijimos que ya de por sí era una situación difícil, pero ahora, ¿mejoró o empeoró? ¿Te sentís contento de ver a alguien que no conocés, vestido con ropas raras, rezando quién sabe a qué dioses, haciendo quién sabe qué pases mágicos en la cara de tu pariente o amigo? ¿Te parece que él estaría contento? ¿Y si fueras vos el que estuviera ahí acostado?

A un creyente que está en las últimas, ver que se le acerca un cura puede resultarle reconfortante y tranquilizador. Le asegura que va a estar todo bien y que diciendo unas palabritas y tocándole la frente con aceite le garantiza que de acá se va derecho a un lugar mejor. 
 
Pero para un no creyente, es una visión desagradable y aterradora, que sólo sirve para recordarle que el final se acerca y las promesas de paraísos y recompensas a cambio de convertirse a su fe sólo le dan bronca. No es el momento de hacer proselitismo. Es un abuso y debería ser penado, no importan las buenas intenciones que en algunos casos seguramente haya. 
 
Un cura que acude cuando se lo llama puede ser un acto de compasión; uno que se entromete sin permiso, que deambula libremente por los hospitales buscando algún moribundo al que cantarle sus cantitos, es directamente una extorsión en el momento de mayor vulnerabilidad de una persona. Es totalmente inmoral y antiético. ¿Lo entendiste ahora?

viernes, 6 de septiembre de 2013

Forros contra los forros

Sinskey - Quienquiera que sea usted, sabe perfectamente bien que la OMS se toma la superpoblación muy en serio. Hace poco, hemos gastado millones de dólares en enviar médicos a África para que repartan preservativos de manera gratuita y eduquen a la gente sobre la importancia del control de natalidad.
Zobrist - ¡Ah, sí! -dijo el hombre alto en tono burlón-. Y un ejército todavía más grande de misioneros católicos ha ido detrás para decirles a los africanos que si usan condones irán al infierno. Ahora África tiene un nuevo problema medioambiental: vertederos llenos de condones sin usar.

                                                                                              ...

Sinskey - El Vaticano me odia.
Langdon la miró sorprendido.
Langdon - ¿A usted también? Creía que era el único.
Ella sonrió con tristeza.
Sinskey - La OMS opina que el acceso generalizado a los métodos anticonceptivos es una de las claves de la salud mundial, tanto para combatir enfermedades de transmisión sexual, como el caso del SIDA, como para el control de la población.
Langdon - Y el Vaticano no está de acuerdo.
Sinskey - Así es. Gastan enormes cantidades de energía y dinero en adoctrinar a países del Tercer Mundo sobre las maldades de la contracepción.
Langdon - Claro -dijo Langdon con una sonrisa de complicidad-. ¿Quién mejor que un grupo de octogenarios célibes puede decirle al mundo cómo debe practicar sexo?

Los diálogos fueron tomados de la novela Inferno, de Dan Brown.

jueves, 1 de agosto de 2013

El mismo homofóbico con piel de progresista

Durante su estadía en Brasil, y que fuera pagada por todos los brasileños, los medios, y especialmente los de Argentina, se ocuparon de multiplicar cada una de las palabras de Francisco I (el artista anteriormente conocido como Jorge Mario Bergoglio). Una de las frases que más repercusiones tuvo surgió en una rueda de prensa en su vati-avión, durante el viaje de regreso: “¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”, se supone que dijo al responder a una pregunta referida al lobby gay en el Vaticano. Pero en realidad la frase fue recortada en la mayoría de las versiones gráficas. Las preguntas y respuestas completas pueden encontrarse en la página de aciprensa (para que no digan que está sacado de alguna web atea), Frankie respondió:

Francisco I
“[…] Luego usted hablaba del lobby gay. Se escribe mucho del lobby gay. Todavía no me encontrado con ninguno que me dé el carné de identidad en el Vaticano donde lo diga. Dicen que los hay. Cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir entre el hecho de ser gay del hecho de hacer lobby, porque ningún lobby es bueno. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo? El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy bella esto. Dice que no se deben marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad. El problema no es tener esta tendencia. [..]”
En primer lugar, parece como si hacer lobby fuera algo malísimo. Esto no es necesariamente así. En los países democráticos forma parte del “juego” de la política y Jorge Mario lo sabe muy bien. Dice que ningún lobby es bueno, pero en cada país en el que se encuentra representada, la Iglesia Católica prácticamente vive del lobby. El ahora Vicario de Cristo en la tierra, sin ir más lejos, hizo lobby (y mucho) contra el matrimonio homosexual. Y lo sigue haciendo hoy.

Jorge dice que él no es quién para criticar a una persona gay, pero en la frase completa vemos que aclara que esto es si -y sólo si, podemos suponer- esta persona, primero, busca al Señor y, segundo, tiene buena voluntad. ¿Significa que sí la criticará si no es católica, si es de otra fe o atea? Parecería que ser católico es requisito para que alguien pueda ser gay. Por otro lado, cuando uno dice “una persona de buena voluntad” suele referirse a alguien que es una buena persona (algo que primero habría que definir bien). Así que parece que ser buena persona es también un requisito para que Jorge te deje ser gay sin criticarte. Si hay quienes creen que los gays son malas personas, es gracias a frases como estas, proferidas por homofóbicos como este.

Traducido al castellano, sería algo así: si sos de mi misma religión y me parecés un buen tipo, podés ser gay y no te voy a criticar, aunque te voy a seguir tratando con la misma condescendencia que a alguien que padezca alguna enfermedad o algún tipo de impedimento. Y vamos ahacer lo posible para que te cures.

¿Y qué es entonces lo que dice el catecismo católico sobre los homosexuales? Que son unos desviados y que deben reprimirse sexualmente y rezar y rezar y rezar y rezar hasta que dejen de serlo. Ajá. Un psicólogo por allá, por favor. O, mejor, muchos.

No, Bergoglio no es progresista. No vino a cambiar nada, sólo a darle un poco de mejor imagen a la Iglesia, al menos a los ojos de la prensa crédula, ávida de titulares. Él, su religión y buena parte de su rebaño siguen siendo los mismos homofóbicos que hace dos mil años.

viernes, 12 de julio de 2013

Me permito contestar…

… un artículo que acabo de leer en una revista mensual distribuida por la organización jasídica Jabad Lubavitch de Rosario. En él, una señora -religiosa, haríamos bien en suponer, ya veremos por qué- cuenta dos anécdotas en una. Primero, cuenta que una mañana se le hizo tarde para salir de su casa y perdió el primero de dos colectivos (tenía que hacer un transbordo) y seguramente iba a llegar tarde a su destino. Pero en lugar de preocuparse, decidió que ella había hecho “todo esfuerzo posible para ser puntual. Si llego tarde, es cosa de D-os. Si ésta es la manera como Él quiere que sea, así es como será.” Así que se sacó el reloj para no estar mirándolo todo el tiempo y se dejó llevar, como se suele decir. Sorprendentemente, el siguiente colectivo llegó en seguida y su conductor iba bastante apurado, por lo que finalmente llegó temprano a donde debía ir. La conclusión que la autora saca de todo esto fue “¡Estoy tan contenta por haber decidido dejar conducir el vehículo a D-os; hace tan bien su trabajo!”

Esta reflexión me recordó a lo que decía Sam Harris sobre los sobrevivientes de desastres naturales que se sienten agradecidos a sus dioses por haberlos salvado, ajenos al egoísmo y egocentrismo que ese pensamiento supone. Lo que esta señora dice, básicamente, es que ese ser supremo que ella cree que creó todo primero la hizo llegar tarde a la parada del autobús para después, cuando ella decidió no preocuparse, hacer que el colectivero siguiente se pusiera a manejar como piloto de Fórmula 1, de forma que ella pudiera llegar temprano a sus actividades. La señora parece ser de esos creyentes que siguen convencidos de que el mundo entero gira alrededor de ellos. Si le preguntáramos por qué su dios haría toda esa maniobra -o, ya que estamos, por qué hace cualquier cosa- y obtendremos el consabido “Él sabrá” o alguna de sus muchas variantes ("tiene un plan que sólo Él conoce", "actúa de maneras misteriosas", etc). Lo mismo si le preguntáramos por qué ese dios crea esos desastres naturales, matando a miles de personas para después salvar a unas pocas. El motivo no importa o podemos inventarlo en el camino, lo que importa es ver en cualquier cosa cotidiana una reafirmación de la fe (la propia, claro, no la de otros). Si el conductor le hubiera explicado a la señora a qué se debía su apuro, ella habría contestado que eso también era voluntad divina. La mente del creyente encuentra respuesta para todo.

La segunda parte de la historia ocurre dentro del colectivo. Sube un grupo de chicos que “parecían ser alumnos de 7º u 8º grado” y uno de ellos propone al resto ir a comer hamburguesas con queso. ¡Horror! ¡Mezclar carne con lácteos! La buena mujer debía intervenir y evitar semejante atrocidad. Así que con mucha amabilidad (y la infaltable condescendencia de los religiosos) se dirige al joven y le pregunta si se puede ver la fuerza de gravedad. Como la respuesta es obviamente negativa, la mujer observa “que algo que ni siquiera podemos ver nos controla a nosotros y al mundo entero.” ¿Qué a qué vino eso? Bueno, ahí vamos. Después, le habla al pobre chico que sólo quería comer una cheese burger sobre el microscopio más pequeño del mundo según el libro Guinness de 1992 y sobre cómo podía “magnificar al tamaño de un electrón!” Y entonces concluye: “Quizás llegue un día cuando haya algún tipo de microscopio espiritual. Entonces podremos ver qué terrible daño se perpetra al alma judía si se come carne y leche juntos.” Como todo estaba coordinado con el de arriba, justo en ese momento el colectivo llegaba a la parada y la señora se baja, no sin antes recomendarles a los atónitos chicos estudiar los textos sagrados. Estaba muy contenta de haberles enseñado una lección, haciendo así su buena obra del día.

Pasemos de largo la falacia sobre la gravedad y las imprecisiones respecto de los microscopios y los electrones. Lo que me interesa es la parte donde, cliché religioso si los hay, cae en el "qué pasaría si" al sugerir que uno debe mantener kashrut por si acaso algún día se comprueba que de no hacerlo se estaría dañando al alma. Me resulta inconcebible que alguien rija su vida en base al “por si acaso”, pero es sorprendente cuántos lo hacen. En cuanto a la señora metiche, no sé si me molestó más su insolencia al decir a otros, especialmente niños, lo que deben o no deben comer -siempre según su propia creencia, que a lo mejor ni ellos ni sus padres comparten-, o la seguridad con la que les afirmó que existe tal cosa como el alma y en particular el alma judía como distinta de la de otras etnias. O quizás lo que menos me gustó fue que les recomendase avocarse a los estudios religiosos. ¿Con qué derecho las personas religiosas se meten en la vida de los demás y les dicen a chicos que no son suyos lo que deben o no deben hacer con sus vidas?

miércoles, 3 de julio de 2013

Los Borgia, de Mario Puzo

La historia de la familia Borgia es sumamente interesante, por eso el libro de Mario Puzo me decepcionó. No es entretenido y por momentos parece un simple relato de acontecimientos, uno tras otro, sin "ritmo". En otras partes, es hasta repetitivo. De todas formas, es un libro corto y fácil de leer que ilustra sobre la vida y obra de la que para su autor fue una de las primeras familias criminales de la historia, al estilo de las que protagonizaron sus anteriores novelas sobre la mafia italiana. Según su pareja, Puzo sostenía que "los Papas fueron los primeros 'Dons' y que, de ellos, Alejandro VI fue el Don más importante."

Ya sea porque se tomaba muy en serio la supuesta infalibilidad que conlleva el cargo de Vicario de Cristo o simplemente porque era un déspota, desde que fue coronado como el Papa número 214 Alejandro hizo uso de todas las artimañas habidas y por haber para mantener su poder por el mayor tiempo posible, a la vez que intentó unificar a todos los territorios de Italia, regidos entonces por señores feudales, reyes y obispos, bajo el dominio de la Iglesia Católica. A fuerza de espadas y cañones, claro.
Sin tapujos, Puzo narra cómo se elegían los pontífices en la época de Roderic Borja (alias Rodrigo Borgia, Alias Alejandro VI) y cual era la verdadera naturaleza de sus funciones que, lejos de ser sanctas, eran más bien idénticas a las de un rey, un emperador u otro monarca. Designaban cardenales a conveniencia, comandaban a los ejércitos pontificios -tanto para defender a Roma de ataques de invasores como para asediar y conquistar nuevos terrenos, palacios y fortalezas "para la mayor gloria de Roma"- y casaban a sus hijos e hijas con los de otros monarcas para sellar relaciones mutuamente beneficiosas. Más de un Papa, Borgia entre ellos, directamente ordenó torturar y asesinar a enemigos y opositores y era habitual el uso de las bulas papales, las bendiciones y las excomuniones como moneda de cambio en las negociaciones.

Titulado originalmente The Family (la familia), Los Borgia se centra en las relaciones dentro y fuera de la familia Borgia, sus esposas, amantes, concubinas y sobre todo en el amor entre los hermanos César y Lucrecia. Hay celos, traiciones, odios, venganzas y mucha violencia. Este fue el último libro que escribió Puzo antes de morir. Como había quedado inconcluso, fue completado por su secretaria y compañera, la escritora Carol Gino, en colaboracion con el historiador Bertram Fields.

sábado, 29 de junio de 2013

Dios no es bueno, de Christopher Hitchens

Tuve el gusto de leer Dios no es bueno hace unos meses y puedo decir que es uno de los mejores libros de no ficción que leí en años. Se lo recomiendo tanto al que quiera empezar a conocer algunos de los daños que desde hace milenios causan las religiones a los seres humanos, como así también a quien ya haya leído otras cosas y quiera profundizar en el tema. En lo posible, aconsejo buscarlo en su idioma original. Por un lado, porque en las traducciones que hojeé vi algunas diferencias importantes. Por el otro, porque quien lea en inglés va a disfrutar de todas las florituras que el autor usa y que generalmente en las traducciones se pierden o no tienen el mismo sentido. Un libro excelentemente escrito y que, sin un solo párrafo que no valga la pena leer, mantiene el interés del lector en todo momento. Como me dijo un amigo, “abrilo en cualquier página al azar y seguro te vas a encontrar con algo interesante.”
 
Dios no es bueno no es un libro de teología, así que quien busque un debate sobre la existencia o inexistencia de dioses y seres sobrenaturales se verá decepcionado. Más bien, trata sobre los efectos de las religiones en el mundo, desde épocas remotas hasta el presente e incluso abre algún debate sobre qué clase de futuro nos espera si seguimos “respetando” las creencias religiosas.

Para empezar, Hitchens cuenta un poco sobre sí mismo, su educación y su relación personal con algunas religiones. Sigue con experiencias que vivió en distintos países y narra segmentos de conferencias y entrevistas de las que participó.

Continúa con una exposición de los efectos nocivos que tienen las religiones sobre la salud, al condenar el uso de preservativos, denostar la utilización de vacunas contra enfermedades de transmisión sexual, demonizar el aborto, prohibir la educación sexual o permitir el contagio de bebés con herpes al fomentar la circuncisión ritual, por ejemplo. Podríamos agregar en esta categoría a las torturas de "herejes", las quemas de "brujas" y los innumerables suicidios de personas que creían que se avecinaba el temido Apocalipsis.
 
Luego, a través del análisis de algunos de los textos sagrados de las principales religiones del mundo, como el Antiguo y el Nuevo Testamento y el Corán, expuestos como meras fantasías de mentes que vivieron en la Edad de Bronce mezcladas con segmentos lisa y llanamente inventados con posterioridad, el autor demuestra cómo creer en todos esos mitos, leyendas y mentiras ha generado a lo largo de la historia -y lo sigue haciendo- incontables guerras, odio, discriminación, muerte y atraso cultural y tecnológico. Después de leer estas secciones, queda claro que en ningún caso se trata de “religiones de paz y amor”, como suelen presentase a sí mismas.

En otro capítulo, un tanto más tragicómico por lo increíble que resulta la historia, se relata el surgimiento del mormonismo, y es ahí mismo donde vemos con claridad cómo se puede construir una religión completa casi desde cero, tomando partes “prestadas” de otras religiones e inventando el resto y lograr fácilmente que millones de personas la sigan.

Finalmente, Hitchens centra su análisis en cuestiones fundamentales: ¿son buenas las religiones? ¿Hacen que las personas sean mejores? ¿Han servido para hacer bien o mal al mundo a lo largo de la historia? ¿Es correcto enseñarlas a los niños como verdades universales y doctrinas infalibles? ¿Es aceptable que los países sigan basando sus políticas internas y externas en creencias religiosas?

viernes, 21 de junio de 2013

El murciélago y la cruz

El símbolo de Batman de 1989
Tiempo atrás dediqué un post a comparar el Batman viejo y el nuevo, es decir, el film de Tim Burton de 1989 y el de Christopher Nolan de 2005. Una pequeña diferencia que dejé para otro momento es ni más ni menos que internet. Antes de la época de la www, los productores de la primera recurrieron a la estrategia publicitaria de masificar el símbolo de Batman. Es así que por esos días podíamos ver el logo amarillo y negro hasta en la sopa: mochilas, remeras, billeteras, CDs, revistas y un largo etcétera. Recuerdo que poco antes del estreno se difundían los resultados de encuestas que mostraban al emblema del murciélago entre los símbolos más reconocibles en todo el mundo. Otro de ellos, a la cabeza de la lista, era la cruz cristiana. 
Un Cristo bastante sangriento
La forma del murciélago tenía por objetivo infundir miedo a los criminales. La cruz, el símbolo que más popularmente identifica a la religión con más seguidores en el mundo, no provocaba originalmente menos temor: su imagen representa -no creo que ningún lector lo ignore- uno de los instrumentos de tortura más crueles que la mente humana haya concebido, utilizado por persas, asirios y posteriormente romanos. Éstos últimos la usaron para castigar de forma ejemplar a esclavos, criminales, soldados capturados y otros enemigos de Roma, hasta que Constantino (sí, el mismo emperador que impuso al cristianismo como religión oficial del imperio, en parte por motivos políticos y en parte para no tener que asesinar a su propia madre) decidió abolir su uso. De todas formas, no es que a los romanos les faltaran formas de matar personas (y más adelante el catolicismo medieval fue aun más inventivo).

Al igual que las naciones, las religiones siempre han usado emblemas para diferenciarse unas de otras. También les sirven -a las religiones- para masificar sus doctrinas e identificar a sus fieles, así como para amedrentar no sólo a sus enemigos, sino también a sus seguidores cuando no se comportan como deben. La espantosa imagen del Cristo torturado y moribundo clavado en la cruz es un recordatorio permanente no sólo de lo que (según el catecismo) él sufrió por nosotros, sino también del tipo de dolor que nos puede esperar si le damos la espalda a su fe y terminamos en el Infierno.

Si bien el miedo (no a la muerte -que los creyentes suelen más bien ansiar-, sino a perder su lugar en el Cielo, a la condena eterna de su alma inmortal en el Infierno y, por ende, al dolor físico que allí suponen que sufrirían eternamente, a pesar de no tener cuerpo) es la base misma de su fe, no todos los cristianos reconocen este hecho e insisten en que se trata de una religión inspirada por -y dedicada a- la paz y el amor fraternal (esto es común a todas las religiones; ninguna reconoce el daño que causa), y que eso es lo que representa la cruz. Sin embargo, basta recordar las Cruzadas, la Inquisición y todas las “guerras santas” para imaginar el terror que su visión debía haber provocado (*). En aquellos casos, los atemorizados eran los infieles (otra forma de decir no cristianos) y herejes (otra forma de decir aquellos que desafiaban las doctrinas cristianas, aunque en esa categoría era común que cayera algún inocente de ese crimen que, para su desgracia, había enemistado a la persona equivocada), que eran torturados y muertos o quemados vivos públicamente. Hoy, como la Iglesia no puede (más por una cuestión de imagen que por falta de ganas, estoy seguro) seguir con esas prácticas, este temor es reservado para todos aquellos que pequen, que no es más que otra forma de decir todos aquellos que no vivan sus vidas de acuerdo a los caprichos de esa religión y sus representantes terrenos. 
"Si Jesús hubiera muerto en la silla eléctrica"
¿Habrá imaginado alguna de las incontables víctimas del staurós que pequeñas versiones a escala del mismo algún día serían llevadas por las personas en pulseras, collares, tatuajes, remeras y un larguísimo etcétera, no sólo como objeto de culto, sino también como suvenires o como simple decoración? ¿Que sería una moda, un objeto de merchandising que bien podría ser parte de la promoción de una película? ¿Tendrán en cuenta quienes cuelgan esa imagen morbosa en los espejos de sus autos o en las paredes sobre sus camas e incluso en las habitaciones de sus niños o en los hospitales, que la cruz se usaba para asesinar gente por medio de una agonía terrible que podía durar varios días? Puedo imaginar dijes y rosarios con forma de ruedas o toros (otros instrumentos medievales usados para infligir dolor) pero, si a Jesús lo hubieran -siempre según el cuento bíblico- torturado y asesinado en un potro, ¿llevarían colgada sus seguidores de hoy la figura de una mesa de tortura? Yo supongo que sí. Y sería igual de lamentable. 
Es digna de mencionarse también la ironía de que, mientras que la existencia de Jesús nunca fue demostrada y pocos creyentes la cuestionan, el uso del “madero de tormento” para torturar y asesinar hombres y mujeres sí está perfectamente documentado. Abstraídos (repito que no creo que ignorantes) del dolor y muerte que causó a millones de personas reales, los cristianos más devotos se postran ante la cruz y lloran por el sufrimiento de un ser muy posiblemente ficticio. Claro, uno era el hijo de su dios: los demás eran sólo seres humanos. (**)


(*) Mencionar las Cruzadas y la Inquisición es una mera simplificación, ya que la Iglesia Católica ha llevado adelante, auspiciado o bendecido todo tipo de guerras, conquistas, genocidios y dictaduras. Las Cruzadas, específicamente, fueron sangrientas campañas militares impulsadas por la Iglesia y llevadas a cabo entre los siglos XI y XVI contra los musulmanes, eslavos paganos, judíos, cristianos ortodoxos griegos y rusos, mongoles, cátaros, husitas, valdenses, prusianos y, principalmente, contra los enemigos políticos de los papas.

La Inquisición fue un conjunto de instituciones creadas cerca del siglo XII con el objetivo de combatir la herejía y la proliferación de otras sectas y religiones. Todo aquel que violara las leyes canónicas corría el riesgo de ser “investigado”, lo que habitualmente quería decir torturado. Con el correr del tiempo su actividad se expandió también a la cacería de brujas. La Inquisición perdura hoy en día (aunque ya no se dedican a torturar, al menos no físicamente), después de haber sido renombrada varias veces, bajo el nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe.

(**) Esta abstracción de lo humano en beneficio de lo divino es uno de los peores y más comunes aspectos de las religiones. El dolor propio y de los demás no importa tanto cuando uno está seguro de que después del mismo irá al Paraíso por toda la Eternidad.